Guatemala – La tasa de desnutrición crónica más alta de Latinoamérica y la sexta del mundo

17 noviembre, 2021

Teresa Raymundo no recordó la última vez que comió pollo. Ni ella, ni sus cinco hijos. “Creo que hace como un mes”, calculó. ¿Y carne? “Uy, no, mucho menos”. El menú –cuando lo hay– se repite mañana y noche: tortillas de maíz y sal. “A veces, frijoles y otras solo arroz desabrío”, lamentó. Desde que […]

Teresa Raymundo no recordó la última vez que comió pollo. Ni ella, ni sus cinco hijos.

“Creo que hace como un mes”, calculó. ¿Y carne? “Uy, no, mucho menos”. El menú –cuando lo hay– se repite mañana y noche: tortillas de maíz y sal. “A veces, frijoles y otras solo arroz desabrío”, lamentó. Desde que la pandemia de COVID-19 azotó Chiquimula, al oriente de Guatemala, las familias que ya pasaban hambre se asomaron al abismo.

Los huracanes Eta y Iota se cebaron, además, con esta zona y pusieron a prueba la resiliencia de toda una generación de madres. En este infortunado departamento, 38% de los niños padece desnutrición crónica, un retraso en el crecimiento de un menor a raíz de la inseguridad alimentaria. Dentro de ese porcentaje están los gemelos Raymundo, de dos años, para los que hasta sonreír es un esfuerzo.

Ambos pisan con torpeza y se esconden de los visitantes. Miran con recelo y con un cansancio impropio en su edad.

Dijo su madre que apenas juegan, que “se mantienen quietitos”. El hambre es la explicación. Los cinco primeros años de un niño son importantes, pero los dos primeros son clave; predicen el futuro. “Son primordiales para el desarrollo motor, cognitivo y físico”, explicó Ana Lucía Salazar, oficial de nutrición del Comité Oxford para la Lucha contra el Hambre (OXFAM) en terreno. “Si un niño no mide y pesa lo que debe en esta etapa, se verá condicionado el resto de su vida adulta; tardará más en aprender a leer y escribir, los órganos se les formarán más tarde… tienen tan poca energía que apenas se ríen y las tareas más simples se les hace cuesta arriba”. Por eso, a esta enfermedad se la conoce como “la cadena perpetua”.

Esta dolencia la arrastran en Guatemala uno de cada dos niños; 46,5% según la última Encuesta Nacional Materno Infantil, de 2014-2015. Una situación que, de acuerdo a los expertos, ha empeorado los últimos dos años por la pandemia y los huracanes Eta y Iota, que azotaron Centroamérica en noviembre. El país del quetzal ya cargaba con el título de ser el sexto país con mayores tasas de desnutrición del mundo y el primero en Latinoamérica. “Tenemos las
cifras del hambre de un país en guerra, sin estarlo”, dijo Abelardo Villafuerte Villeda, delegado de Chiquimula, uno de los departamentos históricamente más afectados, con una tasa actualizada en el último trimestre del año de 38% de desnutrición crónica.

Al menos 515 niños padecen desnutrición aguda, una variable aún más crítica que se mide en función del peso y que afectaba a 15.395 niños en todo el país en 2019 y aumentó a 27.913 en “Aunque estemos por debajo de la media nacional, son cifras altísimas. Pero falta mucha voluntad política para atajar este problema”, criticó.

“Y esto solo va a empeorar”, zanjó María Claudia Santizo, oficial de nutrición del Fondo Internacional de Emergencia de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) en Guatemala.

“No hay forma de que mejore con las pérdidas de medios de vida que se produjeron en 2020″. Santizo también incidió en que las cifras solo disminuyen con líderes políticos comprometidos. “Las ganas se tienen que traducir en presupuestos. La desnutrición está en el plano prioritario del Gobierno desde 2005. En los últimos tres gobiernos
desde entonces, se han presentado estrategias para abordarla, pero a la hora de la verdad no hay fondos, ni insumos ni recursos humanos que lleguen a las zonas rurales. Y hay una enorme brecha ahí, una que crece y crece”, explicó.

La sombra del Corredor Seco

La brecha no es solo nacional. Los datos del hambre y sus consecuencias son una enorme sombra que nubla el Corredor Seco, una zona que engloba varios países centroamericanos muy propensos a las sequías. Aquí las cifras de pobreza extrema se disparan. Un reciente estudio elaborado por el Consorcio de Organizaciones Humanitarias alertó de que 102.436 familias (86% de las encuestadas) viven en inseguridad alimentaria. El desagregado por países indica que Guatemala y Nicaragua son las naciones con más hogares que padecen hambre, cada una con 31% de los casos registrados; les siguen Honduras, con 25% y El Salvador con 12%, aproximadamente. Los ciclones están detrás de esas empeoradas estadísticas. De acuerdo con estimaciones de UNICEF, perjudicaron a 4,6 millones de personas en Centroamérica.

Los huracanes fueron, literalmente, la lluvia que cayó sobre mojado.

En el Corredor Seco la ruralidad es sinónimo de pobreza. Según un informe de OXFAM y la Escuela de Economía de Londres, la desnutrición es 60 veces mayor en algunas escuelas indígenas rurales (en las que llega incluso a 100%) que en capitalinas mestizas, en las que no pasa de 1,7%. “Se hacen las acciones de los planes, pero no llegan a la cobertura necesaria”, dijo Santizo.

Para la experta, Perú es un país modelo en la misma lucha. “El éxito del Gobierno, que ya ni siquiera se tiene que preocupar por la desnutrición crónica, sino más bien de la obesidad, fue la coordinación interinstitucional. Ellos sí lograron hacer cambios integrales que aquí no hemos logrado”.

La casa de la familia Raymundo es un claro ejemplo de cómo la ruralidad condena. Para llegar hasta esta pequeña casa de adobe sin agua ni luz, se debe subir una empinada ladera y llegar hasta una única parada del autobús, con escasa frecuencia. “Ahí ya se le va a uno una hora”, contó. El trayecto hasta la comunidad de Camotán, el núcleo urbano más cercano, son otros 40 minutos. “Muchas de las madres no hacen el seguimiento a los niños precisamente por este motivo”, contó Omar Ramírez, oficial de proyectos de Respuesta Humanitaria y Resiliencia de OXFAM en Guatemala, “porque es un esfuerzo enorme trasladar a los niños a los puestos de salud”. Por eso, es esta entidad quien se moviliza hasta aquí una vez al mes junto con una entidad local, Asedechi como contrapartida del proyecto.

Era miércoles y desde primera hora de la mañana, una treintena de madres aguardaba pacientemente a que lleguen “los de OXFAM” a una simple estructura de concreto en la Comunidad Anicillo, Jocotán, Chiquimula, que oficia de consultorio médico. Todas ellas fueron trasladadas hasta allá en una furgoneta de la organización que pretende ignorar que la dispersión habitacional es un obstáculo.

Era día de control de peso y talla de los menores de cinco años. En la fila, paciente y con una sonrisa que se percibe aún con el barbijo puesto, estaba María Ana Ramírez, una mujer de 24 años, con su hija Yesmin Fabiola, de cuatro. Esta
madre soltera no ha tenido medios para alimentar a la pequeña y a su otro hijo de 6 años con mucho más que tortillas y sal. En su casa, a dos horas caminando del punto de encuentro, viven los tres en una habitación que hace de cocina y cuarto. La cama está a pocos centímetros del fogón de leña que impregna de humo negro todo el ambiente.

Según cifras del UNICEF, solo 43% de los niños de 6 a 23 meses consume la dieta mínima aceptable, y solo 26% de las madres están lo suficientemente informadas acerca de la alimentación complementaria.

Hace un par de años que la pequeña padece desnutrición crónica. Por eso la madre no se pierde los controles. Yesmin se subió a la balanza y hace todo un esfuerzo por no moverse sin soltarse de la falda de la mamá. Es de las pocas que no se echó a llorar en plena consulta. Incluso observó con curiosidad la caja de madera en la que comprueban cuántos centímetros ha crecido. “Está un poquito mejor”, le dijo la nutricionista alegre. “¿Se ha puesto mala con fiebre, tos o diarrea últimamente?”, preguntó una a una. La joven negó con la cabeza. Además de las mediciones, OXFAM entrega unos 19 dólares mensuales por cada miembro de las familias más vulnerables. En el municipio de Jocotán y Camotán, son 171.

Las ayudas se otorgan durante los cuatro meses de lo que se conoce como “hambre estacional”.

“Vitaminas para niños delgados y con mal color”

Teresa Raymundo hizo rendir la ayuda que recibió esa mañana. Se movió como pez en el agua en el Mercado Municipal de Jocotán en Chiquimula. Sabe en qué puesto están más baratas las verduras y el pollo. Esta carne es de las primeras cosas que compró. Tras consultar el precio en dos puestos, pagó unos 6 dólares por dos kilos. “Llevaría más, pero no tengo nevera”, justificó. El bullicio del mercado se colaba en la conversación.

De fondo, sonaba una cantinela en un altavoz portátil: “Es para la sangre, el cerebro y la memoria. Les tengo vitaminas para subir de peso, crema de granos y quita manchas. Frascos de vitaminas pa’ niños delgados y con mal color”. La vendedora metió los pedazos de pollo en una bolsa negra que Teresa guardó con cuidado en una maya de plástico naranja que cargó al hombro.

Compró verduras y frutas enfrente, y siguió hacia la tienda en la que compró 20 kilos de maíz. “Mis hijos están antojados de comer cereales y leche”, dijo con una sonrisa amarga, “pero una bolsa chiquitica cuesta 4 dólares. Es muy caro. Pero tengo algo de arroz, haré arroz con leche”. Para cuando llegó a la casa, ya había pasado la hora del desayuno y del almuerzo. Pero los platos de la cena no estuvieron vacíos. Al menos durante unos días.